- 01Papel y fibra
- 02Plegado y costura
- 03Rústica y tapa dura
- 04Copta y japonesa
- 05Tapas y colas
- 06Acabado y arreglos
Encuadernación artesanal:del pliego doblado al libro cosido a mano
Prumevo reúne material escrito sobre el taller de encuadernación y el trabajo manual del libro. Se explica aquí cómo se pliega un pliego, cómo se cose un cuadernillo, qué separa una rústica de una tapa dura y qué ocurre cuando el papel, el cartón y la cola tienen que convivir dentro del mismo objeto durante décadas.
No hay atajos en este oficio: casi todos los problemas que aparecen al final —un lomo que se abre, unas tapas que se alabean, un bloque que no cierra— empiezan por una decisión tomada al principio, cuando aún solo había hojas sueltas encima de la mesa.
El papel manda: gramaje, fibra y sentido de la hoja
Antes de doblar nada conviene mirar el papel con calma. Una hoja de papel industrial no es un material neutro: durante su fabricación las fibras de celulosa se orientan mayoritariamente en el sentido de avance de la máquina. Esa orientación, la dirección de fibra, decide cómo se dobla la hoja, cuánto se dilata con la humedad ambiental y si el libro terminado abrirá con docilidad o se resistirá.
La regla práctica es corta y no admite excepciones cómodas: la fibra debe quedar paralela al lomo. En todas las piezas, además del papel interior, en las guardas, en el papel o la tela de la cubierta y en el cartón de las tapas. Cuando una sola pieza va cruzada, el conjunto lo acusa: aparecen ondulaciones, la tapa se comba hacia dentro al secarse la cola y las páginas hacen resistencia al pasar.
Cómo comprobar la dirección de fibra
Basta con una hoja de descarte y unos segundos. Ninguna de estas pruebas requiere instrumentos y las tres coinciden casi siempre entre sí.
- Doblar la hoja sin marcar en un sentido y luego en el otro: cede con menos resistencia en el sentido de la fibra.
- Cortar dos tiras estrechas perpendiculares entre sí y sostenerlas juntas por un extremo: la que se dobla más es la que va contra fibra.
- Humedecer ligeramente una tira por una sola cara: se curva formando un cilindro cuyo eje es la dirección de la fibra.
- Rasgar el borde: el desgarro sigue una línea recta a favor de fibra y se desvía en zigzag en el sentido contrario.
Gramaje y elección
Para el interior de un libro cosido, los papeles de 80 a 120 g/m² cubren la mayoría de los casos: por debajo la transparencia molesta y por encima el bloque engorda demasiado en el lomo. Las guardas piden algo más de cuerpo, en torno a 120–160 g/m², porque han de soportar el pegado a la tapa sin arrugarse. Los papeles con reserva alcalina y sin lignina envejecen mucho mejor y son los que se usan cuando el cuaderno debe durar.
Plegar, alzar y coser: así se sostiene un bloque
El cuadernillo es la unidad mínima de un libro cosido. Se forma doblando varios pliegos y encajando unos dentro de otros; con papeles de gramaje corriente lo habitual es agrupar de cuatro a ocho hojas, es decir, de dieciséis a treinta y dos páginas. Más hojas dentro del mismo cuadernillo obligan al pliegue exterior a recorrer más camino que al interior, y aparece el escalonado del corte delantero que luego hay que refilar.
El pliegue se marca con la plegadera, apoyando el filo romo y arrastrándolo desde el centro hacia los extremos. Un pliegue bien hecho es limpio, no brillante: si el papel queda satinado o abierto en la doblez, se ha apretado de más o la fibra iba cruzada. Una vez plegados, los cuadernillos se alzan en orden y se golpean sobre la mesa por cabeza y lomo para igualarlos.
La costura sobre soportes
En la costura tradicional a la francesa, el hilo entra y sale por unos agujeros —las estaciones— practicados en el pliegue y abraza unos soportes tendidos perpendicularmente al lomo: cintas de lino planas o cuerdas redondas que después se abren en abanico sobre las tapas o dentro de las guardas. Son esos soportes, y no la cola, los que sostienen el peso del libro cuando se abre.
- Marcar las estaciones a lápiz sobre el bloque alzado, con la escuadra, para que coincidan en todos los cuadernillos.
- Perforar cada pliegue desde dentro con punzón fino, en ángulo, sin agrandar el agujero.
- Coser con hilo de lino encerado, de dentro hacia fuera, rodeando la cinta y volviendo a entrar.
- Al llegar al final del cuadernillo, enlazar con el anterior mediante un punto de cadeneta en cabeza y pie.
- Tensar sin estrangular: el hilo debe quedar firme, pero el lomo tiene que poder curvarse.
- Rematar con dos vueltas sobre el último enlace y dejar unos centímetros de hilo antes de cortar.
Terminada la costura, el lomo se encola con una capa fina y flexible, se le da forma redondeada golpeando con el martillo de encuadernar si el libro lo pide y se le añaden las cabezadas, ese cordón forrado que asoma en cabeza y pie. Su función original era proteger los extremos del lomo y sujetar el hilo; hoy muchas cabezadas son puramente decorativas y se pegan ya hechas, pero cosidas sobre un núcleo siguen trabajando.
Rústica y tapa dura: dos maneras de vestir el mismo bloque
La diferencia entre una encuadernación en rústica y una en tapa dura no está solo en el grosor de la cubierta. Cambia quién soporta el esfuerzo. En rústica, la cubierta se pega directamente al lomo del bloque y forma con él una sola pieza; el libro es ligero, plano y barato de producir, pero cada apertura tira del lomo encolado. En tapa dura, el bloque y las tapas son dos elementos independientes unidos por las guardas y por los soportes de la costura, con una ranura —el cajo— que actúa de bisagra.
Existe una rústica cosida, que combina cuadernillos cosidos con cubierta flexible y envejece mucho mejor que la rústica fresada, en la que el lomo se corta al ras, se raspa y se pega hoja por hoja. Esta última es la que se despega en tacos cuando el adhesivo se vuelve quebradizo con los años.
- Rústica. Cubierta de cartulina de unos 250–300 g/m², con hendidos paralelos al lomo para que abra sin agrietarse.
- Tapa dura. Cartón gris de 2 a 3 mm según formato, forrado con tela o papel y con las esquinas ingleteadas.
- Unión en rústica. El adhesivo del lomo es la única unión; la calidad de la cola determina la vida del libro.
- Unión en tapa dura. Guardas pegadas al interior de la tapa más cintas o cuerdas abiertas en abanico.
- Apertura. La rústica tiende a cerrarse sola; la tapa dura con cajo se queda abierta apoyada en la mesa.
- Ceja. En tapa dura, las tapas sobresalen 3 mm por los tres cortes y protegen el papel del roce.
- Lomo. Puede ser pegado al bloque o hueco, con un tubo de papel que separa cubierta y lomo cosido.
- Reparación. Una tapa dura permite sustituir la cubierta conservando el bloque; en rústica fresada casi nunca compensa.
Costura copta y encuadernación japonesa
Estas dos costuras se citan a menudo juntas, aunque resuelven problemas distintos. La costura copta enlaza los cuadernillos entre sí y con las tapas mediante una cadeneta continua, sin más apoyo que el propio hilo. El lomo queda a la vista, el libro abre completamente plano y no necesita cola en el lomo, lo que la convierte en una opción muy razonable para cuadernos de dibujo o de notas.
Su punto débil es también el hilo: al no haber lomo encolado ni tapa que envuelva, la costura queda expuesta al roce y a los tirones. Conviene un hilo de lino resistente y unas tapas rígidas que hagan de tope en los extremos.
Encuadernación japonesa
La encuadernación japonesa —el fukuro toji y sus variantes— parte de un supuesto distinto: no hay cuadernillos plegados uno dentro de otro, sino hojas sueltas, a menudo dobladas con el pliegue hacia el corte delantero. El bloque se perfora cerca del lomo y se cose por fuera formando un dibujo geométrico.
La costura de cuatro agujeros, yotsume toji, es la más conocida, y de ella derivan las variantes de más estaciones que refuerzan las esquinas. A cambio de su sencillez, este método sacrifica la apertura: el libro nunca abre plano y hay que respetar un margen interior generoso, porque la zona perforada queda inutilizable.
- Copta: cuadernillos cosidos entre sí, lomo visible, apertura total, sin adhesivo estructural.
- Japonesa: hojas sueltas perforadas, costura exterior decorativa, apertura limitada.
- Ambas admiten tapas de cartón forrado y no requieren prensa ni cajo.
- En las dos, la regularidad del marcado de agujeros es lo que decide el resultado visual.
Tapas, materiales de cubierta y comportamiento de las colas
La tapa se corta del cartón con la fibra paralela al lomo y un poco mayor que el bloque, para dejar la ceja de unos tres milímetros por cabeza, pie y delantera. Entre las dos tapas se coloca una cartulina o un cartón más fino que hará de lomo, separado de cada tapa por una ranura equivalente a unas dos veces el grosor del cartón: esa ranura es el cajo, y de su anchura depende que la tapa gire con soltura.
Materiales de cubierta
El material de forro se elige por resistencia al doblez y por comportamiento frente a la humedad de la cola. Las telas de encuadernar llevan un respaldo de papel o una capa acrílica que impide que el adhesivo las atraviese y manche la cara vista; una tela de tapicería sin respaldar dará problemas casi siempre. Los papeles decorados, más frágiles en las esquinas, funcionan bien combinados con lomo de tela.
- Tela de encuadernar respaldada: dócil, uniforme, muy tolerante con el aprendiz.
- Papel de guardas o marmolado: bonito en planos, delicado en cantos y esquinas.
- Pergamino y piel: exigen rebajado del canto y colas de secado lento.
- Buckram de algodón: pensado para libros de uso intenso y encuadernación de biblioteca.
- Márgenes de vuelta de 15 a 20 mm, ingleteados en diagonal a un grosor y medio de la esquina.
- Cabezadas, cintas de registro y refuerzos de lomo se colocan antes de montar la cubierta.
Colas: cuál, cuándo y por qué
Ningún adhesivo sirve para todo. El engrudo de almidón de trigo es lento, muy manejable, reversible con humedad y el único aceptable cuando se interviene un libro antiguo. El acetato de polivinilo, el conocido PVA de encuadernación, agarra rápido, permanece flexible y no amarillea, pero no se puede retirar sin dañar el papel. La mezcla de ambos, en proporciones que se ajustan a ojo según la tarea, alarga el tiempo abierto del PVA y facilita colocar una tela grande sin arrugas.
- Engrudo de almidón: reversible, lento, ideal para papel japonés y reparaciones.
- PVA neutro: rápido y flexible, para lomos, forros y montaje de tapas.
- Mezcla PVA y engrudo: más tiempo de colocación y menos tensión al secar.
- Cola animal caliente: tradicional en lomos, se retira con calor y humedad.
- Se aplica siempre en capa fina y desde el centro hacia fuera, con brocha ancha.
- Todo lo encolado va a la prensa o bajo peso, con papel secante en las guardas.
Refilado, alisado, gofrado sencillo y reparación
El corte iguala lo que la costura ha dejado escalonado. En un taller pequeño se hace con cizalla de palanca, con guillotina de husillo o, sin máquina, con cuchilla nueva y regla metálica pesada, retirando poco material en cada pasada y sin intentar atravesar el bloque de una vez. El orden habitual es delantera, cabeza y pie; en un libro redondeado la delantera se corta antes de dar forma al lomo. Hay una alternativa legítima: no cortar y dejar el corte en rama, con los pliegues visibles, siempre que sea una decisión y no un descuido.
El prensado acompaña a todo el proceso. Un bloque recién cosido y encolado necesita horas bajo presión, y las tapas recién forradas se alabearán si secan libres. Con una prensa de husillo basta; sin ella, dos tableros bien planos y peso repartido cumplen el mismo papel. El papel encolado siempre se encoge un poco al secar, y esa tensión es la que tuerce las tapas cuando no hay contrapeso.
Gofrado y estampación en seco
El gofrado sencillo marca el material sin tinta ni pan de oro: se calienta un hierro o unos tipos, se presiona sobre la cubierta durante unos segundos y el calor deja una huella hundida. Todo depende de tres variables que se ajustan a la vez —temperatura, presión y tiempo— y de la humedad del material, por lo que cada combinación se prueba antes en un recorte del mismo forro. Las telas y las pieles responden bien; los papeles finos se queman con facilidad.
Reparaciones frecuentes
La mayoría de los libros dañados que llegan a una mesa de trabajo tienen tres problemas: un cuadernillo suelto, una bisagra rota o el lomo desprendido. Ninguno de ellos se arregla con cinta adhesiva de oficina, cuyo adhesivo migra al papel, lo mancha y termina endureciéndolo. Los materiales de reparación razonables son el papel japonés de fibra larga, el engrudo de almidón y, para bisagras internas, una tira de tela fina.
- Retirar restos de cola vieja ablandándolos con humedad y espátula, sin arrancar fibras.
- Reforzar desgarros con tiras de papel japonés adelgazadas por deshilado del borde.
- Recolocar un cuadernillo suelto cosiéndolo al vecino, no encolándolo al lomo.
- Sustituir la bisagra por una tira de tela pegada bajo la guarda levantada.
- Documentar el estado inicial antes de intervenir cualquier ejemplar con valor.
- Priorizar siempre las soluciones reversibles frente a las definitivas.
Equipo básico del taller
Empezar no exige una habitación llena de máquinas. Con una mesa estable, buena luz y este puñado de herramientas se puede coser y montar un libro completo.
- Plegadera de hueso o de teflón para marcar pliegues y alisar forros.
- Punzón fino, agujas de encuadernar e hilo de lino encerado.
- Regla metálica larga, escuadra y cuchilla con hojas de repuesto.
- Base de corte y una superficie plana que no se coma la cuchilla.
- Brochas de encolar de pelo suave y un recipiente ancho y bajo.
- Prensa de husillo o, en su defecto, tableros planos y peso.
- Telar o bastidor de costura si se trabaja sobre cuerdas.
- Papel secante, papel de descarte y trapos limpios siempre a mano.
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